Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, alzamos la voz para reivindicar los derechos, la igualdad y la dignidad de todas las mujeres. Pero este día sería incompleto si no ampliáramos nuestra mirada hacia quienes, aun siendo parte de nuestra sociedad, permanecen invisibles: las mujeres privadas de libertad.
Mirarlas es un acto de justicia. Escucharlas es un acto de humanidad. Acompañarlas es un acto de esperanza.
Los datos recogidos por Cáritas Salamanca, y por diversas instituciones penitenciarias, revelan una realidad que interpela profundamente: la mayoría de las mujeres en prisión arrastran múltiples heridas, invisibles muchas veces para el resto del mundo. Más del 88% ha sufrido violencia a lo largo de su vida; muchas crecieron en entornos marcados por la desigualdad, la pobreza, la discriminación y la falta de oportunidades. Algunas voces lo expresan así:
“Yo no aprendí a quererme. Desde niña me dijeron que no valía para nada. Cuando entré aquí, pensé: ‘al final tenían razón’. Pero ahora estoy empezando a descubrir que quizá sí merezco algo mejor.” — Sheila, 38 años
A ello se suman problemas de salud mental, dificultades de alfabetización, situaciones de dependencia, consumo, o haber sido utilizadas y sometidas por quienes ejercían poder sobre ellas.
Ocho de cada diez son madres. Casi siempre cuidadoras. Casi nunca cuidadas. Su paso por prisión no suele ser el inicio de su sufrimiento, sino la consecuencia final de una larga cadena de exclusión.
Una desigualdad que también se vive tras los muros
En España, solo cuatro centros penitenciarios están destinados específicamente a mujeres. El resto son módulos femeninos dentro de prisiones diseñadas para hombres.
Este simple dato refleja la desproporción, pero también genera consecuencias concretas:
-Dificultad para recibir atención médica
-Escasa oferta de programas terapéuticos o de recuperación
-Menos acceso a talleres formativos y opciones laborales limitadas a roles tradicionalmente asignados a las mujeres (lavandería, limpieza)
“Los talleres para mujeres son pocos. Nosotras limpiamos y lavamos. Ellos tienen cursos de soldadura, cocina, mantenimiento… Yo también querría aprender un oficio de verdad.” Interna, 42 años
A todo ello se suma la distancia: más de la mitad están a más de 200 km de sus hogares, lo que dificulta gravemente las visitas y agranda la soledad. Estas mujeres suelen provenir de familias vulnerables y los gastos que ocasionan los desplazamientos no hacen más que agrandar el sentimiento de culpa por el esfuerzo que las familias hacen. En ocasiones optan por distanciar las visitas e incluso renunciar a ellas. Cumplen cuatro condenas a la vez: la judicial, la social, la personal y la institucional. Lo cuentan ellas mismas:
“Mi prisión está a más de 300 km de mi pueblo. Mis hijos no han podido venir ni una vez. A veces siento que estoy cumpliendo condena doble: aquí dentro y en su corazón.” Sandra madre de dos niños, 29 años
La propuesta de Cáritas: acompañar, reconocer y transformar
Desde el programa Puerta Violeta y otras iniciativas de intervención en prisión, Cáritas Salamanca ofrece un acompañamiento profundamente humano. Un acompañamiento que no juzga, sino que mira a los ojos; que no etiqueta, sino que escucha; que no define a las mujeres por su delito, sino por su dignidad.
La intervención tiene varios pilares:
- Recuperar la autoestima y sanar heridas a través de talleres terapéuticos, creativos y grupales donde las mujeres encuentran espacios seguros para expresarse, reconocerse valiosas y reconstruir su identidad.
- Acompañamiento personal e individualizado esencial para su proceso sobre todo cuando las fuerzas flaquean.
- Sostener los vínculos familiares. Para muchas, sus hijas e hijos son su mayor motor. Facilitar el contacto, la comunicación y la reconciliación es parte fundamental del proceso de reinserción.
- Sensibilizar a la sociedad porque la reinserción no depende solo de ellas: también depende de que como sociedad dejemos de estigmatizarlas, abramos puertas y ofrezcamos nuevas
Cáritas cree profundamente que toda persona puede levantarse, incluso cuando ha caído muchas veces. Que la prisión, con acompañamiento adecuado, puede ser también una oportunidad para empezar de nuevo. Que detrás de cada mujer hay una historia que merece ser contada y una dignidad que nunca se pierde, aunque las circunstancias la oculten.
En este 8 de marzo, recordemos que la igualdad no se conquista dejando a nadie atrás. Que defender los derechos de las mujeres implica defender también los derechos de quienes viven tras los muros. Y que, si queremos una sociedad más justa, debemos empezar por mirar con esperanza a quienes esperan una segunda oportunidad.
Ninguna mujer es solo su error. Todas son —y serán siempre— hijas, hermanas, madres, trabajadoras, soñadoras… personas con un valor infinito.
El Proyecto ALANDAR vinculado al programa de cárcel está subvencionado por el IRPF a través del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.


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