Tres días de oración, reflexión y convivencia en Salamanca invitaron a toda la diócesis a responder a la pregunta “¿Para quién vivo?”
El Congreso Diocesano de Vocaciones, celebrado del 13 al 15 de marzo en el colegio Calasanz de Salamanca, ha reunido a más de medio millar de participantes de parroquias, comunidades y movimientos en torno a una pregunta central: “¿Para quién vivo?”. Durante tres jornadas, la diócesis ha vivido un intenso itinerario de encuentro, oración y reflexión para redescubrir la vocación como llamada de Dios en la vida cotidiana.
La inauguración, conducida por el humorista Martín Luna, combinó cercanía y profundidad para situar el sentido del congreso, fruto del trabajo conjunto de diversas delegaciones diocesanas. El obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana, subrayó el carácter comunitario del encuentro, definiéndolo como “una fiesta diocesana” en la que todos tienen cabida y recordando que cada vida responde a un designio de amor.
La primera jornada culminó con una vigilia de oración inspirada en la llamada de los primeros discípulos, invitando a los asistentes a escuchar hoy la voz de Jesús y a abrirse a su propuesta de vida. En este contexto, se presentó además el himno del congreso, que ha sido elegido también para la próxima Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones en toda España.
El sábado, jornada central del encuentro, estuvo marcado por la eucaristía, las ponencias y más de treinta talleres. En su homilía, el obispo insistió en que la vocación es una respuesta a Dios que nace en el corazón y adopta formas diversas: desde el matrimonio hasta el sacerdocio, la vida consagrada o el compromiso en medio del mundo. “Nadie sobra en la Iglesia”, recordó.
Las ponencias ayudaron a profundizar en esta llamada universal. La escritora Ana Iris Simón reflexionó sobre la vocación como una pregunta clave de sentido, mientras que el sacerdote Tino Pérez destacó que se trata de una realidad viva que acompaña toda la existencia. A lo largo del día, los talleres testimoniales y formativos permitieron poner rostro concreto a la vocación en ámbitos como la familia, la vida profesional, la cultura o la acción social.
La jornada concluyó en un ambiente festivo con música en directo, reforzando la dimensión comunitaria de la vocación, vivida también como celebración compartida.
El domingo, el congreso se cerró con un clima de gratitud y envío. Un vídeo resumen permitió revivir los momentos más significativos y varios participantes compartieron su experiencia, poniendo de manifiesto la riqueza y diversidad de lo vivido. La clausura continuó con una marcha animada y la eucaristía final en la Catedral, como signo del envío a toda la diócesis.
Este Congreso ha querido ser más que un evento puntual: una llamada a renovar la vida cristiana y a impulsar una Iglesia en salida, donde cada persona descubra su misión. Como señaló el obispo, lo vivido estos días puede ser “un nuevo Pentecostés” para Salamanca, llamado a prolongarse en las comunidades y en el compromiso cotidiano.











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