Nuestra Cáritas está compuesta por personas que tienen una historia de vida que contar; hilos que conectan experiencias de participantes, trabajadores/as y voluntarios/as que hablan de sueños y anhelos, en su búsqueda de un crecimiento personal y una sociedad más justa y solidaria. Historias como la de Tábata.
“Todos los días sale el sol para todas las personas, sean ricas o pobres”. Palabras que proyectan un augurio esperanzador y una sonrisa que muestra gratitud por la vida han sido las claves en nuestra conversación con Tábata Stefany. Y no por casualidad, el Centro Intercultural de Baraka de Cáritas Salamanca se ha convertido en testigo de todo ello. En él fue donde comenzó a dar sus primeros pasos como voluntaria de Cáritas. Pero hemos de ser fieles a la historia, su historia, y remontarnos a sus inicios.
Siendo natal de Venezuela, en el año 2014 se vio obligada a migrar. La opresión del régimen político le impidió ejercer su camino profesional como educadora, aun habiéndose graduado por la Universidad de los Andes tiempo atrás. La compañía de su marido, 500 dólares y el desgarrador recuerdo de su familia fue todo lo que logró llevar consigo.
Tras permanecer unos años sobreviviendo a territorios sumidos en permanente conflicto y convertirse en madre, decidió poner rumbo a España. Sus primeras andanzas transcurrieron en un centro de refugiados. Precisamente, entre aquella amalgama de nacionalidades y culturas fue donde logró encontrar el primer lazo de unión con Cáritas, “una trabajadora social a quien le conté mi relato y me tomó en cuenta”, recuerda.
Esta “pastelera de corazón”, como ella misma se declara, se aventuró en lograr aprender los secretos de la pastelería española. Con ello y con la gran determinación que emana, emprendió su primer taller de repostería al que denominó “Dulces Emociones”. Para ella, su voluntariado en Cáritas Salamanca es parte de un “tú me ayudas, yo también te ayudo”.
Disfrutar, conocer, socializar, saber que no somos perfectos son algunos de los pilares que le sostienen y le ayudan a sentirse realizada. Ella misma es consciente de que “cuando uno está en ese proceso de inmigración, puedes pasar por una pastelería, ver un postre y decir: no, no lo puedo comprar o no me lo puedo permitir”. Es así como “Dulces emociones” se ha convertido en algo más que un taller. Es ese aire fresco que permite abrir el corazón a cada una de las personas que allí acuden. “Es un lugar donde reímos y lloramos”, asegura.
Nos reconoce que son muchas las ocasiones en las que acude entre lágrimas a las eucaristías que se celebran por parte de Cáritas, al observar el espíritu y la buena voluntad que en ellas se desprende.
Cada una de las miradas de Tábata nos refleja la humildad de quien sabe que hay que dejar atrás para avanzar. Y es en ese instante donde ha comprendido que Cáritas se ha convertido en una segunda familia porque no le ven de qué país procede, sino su parte humana; porque más que una ayuda económica, le han dado una oportunidad. La oportunidad de saber que, si tiene que dejar todo atrás para tener paz, lo va a hacer.
Viéndose en retrospectiva, es optimista, asegurando que ve más positivo que negativo, y rechaza otra posibilidad, porque España, Salamanca y, en especial, Cáritas le han hecho cambiar ese paradigma.
Pino Moyano, estudiante de periodismo y voluntaria de Cáritas Salamanca
Grabación: Germán Enríquez (Ozo Polarisz)

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