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30 de marzo: Día Internacional de las Empleadas de Hogar

El próximo 30 de marzo celebraremos el día internacional de las empleadas de hogar. A lo largo de este año, que ha sido especialmente complicado, ellas han demostrado su valentía, compromiso y profesionalidad y lo han hecho sin aplausos ni reconocimientos. 

El COVID ha puesto de manifiesto la importancia de su labor. Es el momento de reflexionar profundamente como sociedad y preguntarnos en qué condiciones trabajan las personas que se dedican a esta tarea. Es el momento de reconocer su valor en el mantenimiento de las estructuras familiares y sociales actuales. ¿Cómo protegemos a las trabajadoras que, además, en muchas ocasiones son invisibles porque no tienen permisos, y al mismo tiempo son imprescindibles, porque cuidan a quien nadie puede o quiere cuidar?   

Desde Cáritas queremos dar visibilidad a esta labor a través de varios testimonios, que ponen voz a muchas mujeres. Cuatro ejemplos con el mismo objetivo: visibilizar los derechos de quienes desarrollan esta profesión. 

HERMINIA 

Herminia lleva 16 años en España, siempre ha trabajado como empleada de hogar y cuidando a personas mayores. Hasta que llegó la pandemia y le cambió la vida. El matrimonio al que acompañaba se contagió de la COVID y fallecieron. En pleno confinamiento se quedó sin trabajo: «Ahora lo estoy pasando mal porque no encuentro nada. Hay mucho temor, sobre todo de la gente mayor a contagiarse. Ya va a hacer un año desde abril que no trabajo”. 

Actualmente continúa su formación y acude el centro de formación y empleo ‘Padre Basabe’ de Cáritas donde recibe acompañamiento en su búsqueda.

Herminia anima a las personas a perder el miedo para superar la situación que están viviendo. Tanto ella como compañeras de profesión siguen un reglamento de limpieza y trabajan con todas las medidas de seguridad, para velar por la salud de todos.  

BLANCA

Blanca acababa un trabajo y comenzaba otro, lleva 11 años de experiencia como empleada de hogar en España, 10 como interna y nunca se había visto en esta situación. Actualmente muchas mujeres trabajan sin descanso, con contratos precarios , declaran unas horas en la seguridad social, pero trabajan muchas más. Es el caso de Blanca, que cuida a una señora mayor de lunes a domingo, haciendo ocho desplazamientos diarios con el tiempo justo para comer: “¿Y qué vamos a hacer? Estamos entre la espada y la pared, no podemos elegir.”  

El mismo día que comenzó el confinamiento empezó a trabajar cuidando a un señor en un pueblo del alfoz, para lo cual tenía que caminar 45 minutos cada día para ir y volver. Por las noches la empleadora llamaba a un taxi: “No había autobuses, no había nadie por la calle, era increíble, no se escuchaba ni los pájaros, silencio absoluto. En el camino, había una señora que salía todos los días a darme voces para criticarme por estar en la calle.” Trabajó en esa casa hasta junio, donde adquirió mucha experiencia.

Después, estuvo atendiendo a una mujer en el centro de la ciudad. Las condiciones eran buenas y crearon un vínculo especial, pero esta experiencia solo duró un mes y medio, ya que una mañana cuando acudió al domicilio, la mujer había fallecido. Afortunadamente la relación con las sobrinas y familiares fue muy buena y la informaron de todos sus derechos.

Al poco tiempo de esta experiencia encontró un trabajo a través de Internet. Entró en una casa donde la mujer estaba recién operada y el empleo consistía en unas horas sueltas. Lo peor de esta experiencia fue el engaño que sufrió. Los hijos no la informaron de que la acompañante de su madre en el hospital había dado positivo a COVID y era muy probable que su madre estuviera contagiada también. Esto provocó que ella y toda su familia se contagiaran: “Yo soy asmática y tuve mucho miedo cuando me enteré, pero solo se me pasaba por la cabeza todas las personas a las que podría haber contagiado en el autobús, los compañeros de mi hija en el instituto, mi marido Yo nunca he hecho daño a nadie y le dije a la hija que es algo para denunciar, aunque no voy a hacerlo. Allá su conciencia”.  

Tras dos meses dando positivo a las pruebas de la COVID y sin poder trabajar pidió alguna ayuda. Pudieron mantenerse con el sueldo de su pareja, poco más de mil euros para vivir ellos, su hija y mandar dinero a su otro hijo, que está en su país de origen.  

Este mes Blanca se queda sin empleo, no aguanta más, trabaja sin descanso de lunes a domingo, con un contrato en el que solo figuran 23 horas. “Necesito trabajar, siempre he vivido bien y nunca había estado tan agobiada. He tenido que pedir un crédito al banco. Mi hija empieza la Universidad.”
 

“Yo siempre digo que no se debe vender uno mismo, pero me veo como profesional, hago con mucho cariño mi trabajo, tengo mucha paciencia con las personas mayores. No soy una persona que se queja de lo que le toca. En esta profesión eres médico, enfermera, cocinera, limpiadora… Somos multiusos. Sin horarios, porque pasas hasta 14 horas en una casa. Y en muchas ocasiones no hay consideración por parte de las familias. Trabajé 10 años como interna y las noches no duermes.”  

Blanca destaca su honestidad. Perdió una oferta de trabajo, en la que podía ganar más de mil euros por no dejar a la mujer que cuidaba. Ella, sin embargo, no cumple unas condiciones dignas y la obliga a trabajar más horas de las que pone en su contrato. Además de haber perdido la oferta, la empleadora actual no quiere pagarla lo que debe. A pesar de todo, Blanca no pierde la esperanza y continúa aprovechando su tiempo formándose.
 

ROXANA
 

Roxana es de Bolivia, tiene dos hijas y lleva desde 2004 trabajando con personas mayores, alguna con alzheimer. Su primer trabajo tenía una jornada de 7 a 3 y de 4 a 10 de la noche, por 450 euros.  

El 31 de marzo se quedó sin trabajo en pleno confinamiento. En junio encontró un empleo, pero duró solo 20 días, la oferta era de interna, sin contrato ni descanso. “Existe mucho miedo ahora y no se respetan los horarios. Estuve trabajando en una casa 5 años sin seguridad social, tenemos que aguantar muchas humillaciones. Queremos que se reconozcan nuestros derechos, tener un contrato y derecho a prestaciones. Nuestro trabajo vale igual que el de cualquier otro. Sacrificamos nuestras familias para ir a cuidar a otras y esto vale mucho.”  

Acude a Cáritas para recibir apoyo en la búsqueda de empleo y le sirve de gran ayuda, ya que ha aprendido a buscar trabajo a través de Internet, las redes sociales, a hacer un Currículum…
 

Actualmente está participando en el curso de cocina y cuenta con el apoyo económico de Cáritas. “Estoy muy agradecida de recibir esta ayuda, pero lo que quiero es trabajar. El virus ha agravado la situación. Es cierto que se han conseguido algunos avances, por ejemplo la subida del salario, pero muchos empleadores siguen sin cumplir. Otro problema son las empresas privadas que se quedan con casi todo el dinero. El problema es que hay muchas personas necesitadas que se ofrecen a ello.”
 

AMAL  

Llegó en 2005 desde Marruecos. Vendió todas sus pertenencias para pagar 5.000€ por un pasaporte falso que la iba a traer a España, para reunirse con sus hermanos. Después de muchos engaños, estafas y timos consiguió llegar a Madrid donde vivía su hermana.

Trabajó 6 años como externa, 3 de ellos sin papeles, cuidando a una señora que había sufrido un ictus. Amal se había ganado la confianza de todos los vecinos y la familia, que la trataban como a una más, hasta que el marido comenzó a molestarla. Es entonces cuando decidió dejar el trabajo. Ella tenía plena confianza en las hijas de la mujer a la que atendía, le ofrecieron unos papeles y los firmó sin desconfiar, de nuevo, otro engaño que la dejó desempleada y sin el dinero que la correspondía.

Su segundo trabajo lo consiguió por la vecina de su hermana, aunque ahora puso una única condición: trabajar en una casa sin hombres. Así es como empezó a cuidar una señora en Salamanca de más de ochenta años, con la que lleva nueve como interna. «Mi trabajo es muy difícil, no tengo horarios, me paga lo mínimo. No me queda otra que aceptar, estoy entre la espada y la pared.” Solo sale dos días a la semana a las clases de español al centro intercultural Baraka, donde ha encontrado un lugar en el que se siente arropada y comprendida.
“He tenido que pasar muchas cosas durante este tiempo, por ejemplo, cuando me correspondían las vacaciones me fui a Madrid a ver a mi hermana y a la vuelta, la señora a la que cuido se hizo pasar por mí al hablar con el médico, fingiendo tener síntomas compatibles con la COVID para que me hicieran una PCR.”   

Son muchas las anécdotas que ha vivido en estos nueve años, muchas humillaciones las que tiene que sufrir cada día. Ella solo quiere que se reconozcan sus derechos y poder descansar. 

 

 

 

 

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