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Coronavirus: Las personas mayores vulnerables, uno de los ejes de la respuesta de Cáritas a la emergencia

15 abril, 2020

La crisis socio-sanitaria provocada por el coronavirus está poniendo a prueba la capacidad de respuesta de la amplia red territorial de Cáritas a las personas mayores, uno de los colectivos sociales más expuestos al impacto de la pandemia.

Desde la declaración del estado de alarma, las prioridades de todas las Cáritas Diocesanas con recursos residenciales para mayores se han centrado en extremar las medidas de prevención decretadas por las autoridades sanitarias.

2.456 mayores atendidos en 32 residencias

Actualmente, 25 Cáritas Diocesanas en toda España cuentan con centros residenciales y/o centros de día, que integran una red estatal formada por 32 residencias en las que se atiende a a 2.456 personas mayores.

Y aunque todos estos recursos residenciales siguen los protocolos indicados por el Gobierno y han adaptado sus normas de funcionamiento a las exigencias de prevención y aislamiento ante el coronavirus, muchos de ellos se enfrentan a un problema generalizado que esta crisis, como es la desprotección a la que están expuestas los residentes y el personal encargado de su atención ante las carencias de material sanitario.

Para responder a este reto, Cáritas ha realizado en las últimas semanas un gran esfuerzo de movilización de materiales de prevención ante la pandemia, lo que ha permitido distribuir entre todos sus proyectos 20.000 guantes, 55.000 mascarillas, 600 litros de gel hidro-alcohólico y 2.000 litros de líquido desinfectante de superficies.

6.800 mayores acompañados en sus propios domicilios

Junto a esta red de centros residenciales, otras 30 Cáritas Diocesanas llevan a cabo programas de acompañamiento a personas mayores en sus propios domicilios, tanto en áreas urbanas como en zonas rurales.

Un total de 6.789 personas mayores están acompañadas gracias a estos proyectos de Cáritas, que también han tenido que adaptar sus protocolos de trabajo a causa de la pandemia. La mayoría de los programas de Cáritas se han reformulado para reforzar el acompañamiento telefónico o por vídeo-llamada, porque, en muchos casos, lo más importante es estar y escuchar.

El papel de los voluntarios y las redes solidarias

En este trabajo de acompañamiento domiciliario está siendo fundamental el compromiso de las cerca de 7.000 voluntarios implicados en las acciones de acompañamiento a personas mayores, que en su gran mayoría viven solos, unas circunstancias que, en esta emergencia, agudizadas por las condiciones de confinamiento impuestas, añaden mayor vulnerabilidad a la situación de gran precariedad social que afecta a muchos de estos mayores.

La actual crisis está revelando la importancia que tiene el modelo de trabajo de Cáritas en sus programas de mayores, que se basa en gran medida en la articulación de redes solidarias, cotidianas, tejidas a base de mucho tiempo, de conversaciones y vidas compartidas, que acercan y re-vinculan a las personas mayores a sus territorios, barrios y comunidades vecinales.

Estas redes, creadas por los voluntarios y voluntarias de Cáritas desde hace años, están permitiendo sostener en esta emergencia social, más allá de las obvias necesidades físicas, a las personas mayores que en diferentes contextos se sienten solas. Esta labor realizada por los voluntarios desde hace años al servicio de un modelo de sociedad “que no descarta” permite que hoy los programas puedan adaptarse más fácilmente a la realidad del confinamiento.

Desde que empezó esta crisis socio-sanitaria, estamos viendo a diario cómo muchos voluntarios de Cáritas, que son también personas mayores –más del 50% de los 85.000 voluntarios de la institución tienen más de 65 años— continúan su labor solidaria desde sus casas, poniéndose en primera fila en la respuesta a las necesidades de la emergencia y compartiendo con su comunidad y con su vecindario toda su experiencia vital acumulada.

Apoyo de la Administración

Cáritas apela al apoyo indispensable de las Administraciones para responder adecuadamente a las necesidades de estas personas, tanto en colaboración de personal sanitario y técnico como en las medidas de protección físicas para garantizar su atención, en la realización de test para descartar a las personas que tienen el virus aun siendo asintomáticos o con sintomatología.

Asimismo, el apoyo de los poderes públicos es igualmente vital para las tareas de limpieza, de desinfección y todas aquellas que aseguren la vida digna de las personas, incluyendo el contacto con sus familiares y el acompañamiento en las pérdidas.

Es importante subrayar la importancia de que el Estado no solo delegue en el tercer sector social determinadas tareas, sino que reafirme, sobre todo en estas circunstancias extremas, su papel de garante de derechos, estableciendo las vías necesarias para desplegar efectivamente esta colaboración con las organizaciones sociales que haga universal en derecho a la salud.

Un modelo socio-sanitario integral

La vulnerabilidad social que está poniendo en evidencia esta crisis en tantos frentes, también pone de manifiesto los escasos recursos disponibles para favorecer los cuidados en el propio domicilio, lo que provoca una especial desprotección de las personas mayores y de sus cuidadores, ya sean empleadas o familiares. De ahí la apuesta de Cáritas por un modelo socio-sanitario integral que realmente asegure una vida digna (física, social, emocional…) a las personas mayores que están viviendo en sus domicilios.

Las personas mayores son un colectivo heterogéneo y diverso. Con necesidades, capacidades y realidades muy diferentes. En estos días donde no pocas veces asistimos con tristeza e indignación a asumir la muerte de las personas mayores como un “mal menor”, urge seguir apostando por una sociedad que dedique todos sus recursos a proteger la dignidad y la vida de estas personas, puesto que la manera en la que tratamos a nuestros mayores identifica qué tipo de sociedad somos. Como recuerda el papa Francisco, “una sociedad que no cuida de sus mayores, no tiene futuro”.

Cuando pase la emergencia

Cuando la situación de alarma termine y poco a poco se recupere ese ritmo cotidiano que ahora anhelamos, creemos que importante impulsar en la agenda social, y en las prioridades de los poderes públicos, de los agentes sociales y económicos, del tercer sector social, de los barrios y de las familias, un debate que, partiendo de un mutuo reconocimiento de nuestra vulnerabilidad, interdependencia y eco-dependencia, permita reconstruir la acción social y la colaboración público-privada.

Algunas de las claves de este debate tienen que ver, en primera instancia, con una mirada integral al derecho a la salud de toda la sociedad y también de las personas mayores, que incluya la activación de redes y procesos que acompañen a las personas mayores que viven en situaciones de soledad no deseada o se sienten solas en diferentes contextos.

Es imprescindible también poner sobre la mesa la función que desempeñan los centros residenciales para garantizar esa vida digna y cómo ha de articularse la colaboración público-privada para que realmente sean lugares que defiendan y protejan en derecho a la vida. Por último, este debate debe incluir también el reconocimiento social, laboral y legal de los trabajos de cuidados y de las personas que los están realizando, puesto que son ellas quienes están sosteniendo tantas vidas vulnerables, a pesar de los ahora más visibles fallos del sistema.

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